
Llevo toda la vida viviendo en un barrio que esconde su identidad bajo una obra que la eclipsa hace más de cien años. El agua del arroyo que nutre el lago del Parque Rodó le daba nombre a esta tajada de ciudad. La familia de mi madre llegó a este rincón del mundo hace poco más de cien años y eso me obsesiona. Algunas casas y árboles que hoy nos dan refugio fueron testigos de ello. Me gusta imaginar que de alguna forma, con su presencia, nos protegen.
Por suerte esta porción de ciudad es un lugar de encuentro, parque, rambla, ferias y universidad. Lentamente se transforma, se tiran sus casa históricas para construir edificios de monoambientes con amenities, mientras al resguardo del obrador duerme una persona que movió su precario campamento a causa de un dispositivo de arquitectura hostil. Nosotros, como si nada, nos tomamos un vermut en el barcito cool.
Que distinto debió de haber sido cuando las tías congas, benguelas y mozambiques abrieron los pozos para lavar la ropa de la ciudad. Cuando las vacas esperaban el marronazo para ser saladas a orillas del Plata. Cuando pasaban los picapedreros hacia la cantera. Una rica historia, pero ¿A base de que?
Quizás es una ingenuidad pero deseo que esto cambie, pero no tanto. Que en las calles nos encontremos más, que se siga prendiendo esos fuegos. Que las cadenas de personalidad enlatada no reemplacen el local de doña María. Ojala construyan tantos monoambientes que nadie se quede durmiendo afuera. Ojala sigamos recibiendo a todo el mundo en este suelo. Nunca perder esa identidad que corre bajo el asfalto.







































